I. Temprana vocación por la Historia del Derecho y recorrido por diversas Universidades españolas
Alfonso García-Gallo y de Diego nació en Soria el 5.I.1911 y murió en Madrid el 21.XII.1992. Su pasión por la Historia del Derecho fue su vocación profesional definitiva desde muy temprano. A los 16 años ya había decidido desechar la vía del notariado que le venía por vía familiar y decidió ser catedrático de Historia del Derecho. Estudió Derecho en las Universidades de Barcelona y Madrid, e Historia en Valencia. A los 24 años obtuvo la cátedra de esta disciplina en Murcia (1934). Un año antes ya había publicado con Román Riaza el Manual de Historia del Derecho español. En 1940 gana la cátedra de esta disciplina en Valencia donde permanece hasta 1944 en que pasa a la Universidad de Madrid como catedrático de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América. En 1955, también en la Universidad de Madrid, obtiene la cátedra de Historia del Derecho Español que desempeña hasta su jubilación en 1981. En esos años escribe la Historia del Derecho español, el Curso de Historia del Derecho español y, finalmente, en 1959, el Manual de Historia del Derecho español, en dos tomos, que ha sido juzgado como “la más importante contribución que jamás haya sido hecha a la ciencia de la Historia del Derecho español” (J. Orlandis).
II. Obras que formaron a miles de alumnos y discípulos


Estas obras, sobre todo las dos últimas, formaron a millares de alumnos de Derecho en las universidades españolas. ¿Cómo no recordar -y seguir leyendo de vez en cuando- aquel primer tomo de tapas negras y papel biblia del manual, que nos adentró en la orientación estrictamente jurídica de la asignatura? Un manual de una originalidad que sorprendía a los jóvenes lectores por su escritura clara y concisa, en párrafos numerados, auténticas perlas que reflejaban los resultados de horas y horas de estudio científico. Otras muchas obras y artículos ornaron su fecunda carrera docente e investigadora. Mantuvo el pulso narrativo de sus obras jurídicas a un nivel muy alto. Y la fecundidad de su magisterio no fue menor. Tuvo muchos discípulos en España y en América adonde viajó con frecuencia con ocasión de congresos y ciclos de conferencias, ganándose un notabilísimo prestigio en los países de habla española. No en vano una de sus facetas más destacadas fue la dedicación al derecho indiano en la que, como en otros ámbitos, fue un innovador. Unas tres mil páginas escritas dedicadas a esta rama del derecho. Paralelamente había fundado, impulsado, y presidido durante casi cuatro décadas, el Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano. Tampoco estaba ausente de su curiosidad científica el Derecho público. Lo pone de relieve J. López Ortiz. Entre sus obras pueden citarse como expresivas de su dedicación al derecho público las siguientes: “Cuestiones y problemas en la Historia de la Administraci6n española (1970); o “la división de las competencias administrativas en España en la Edad Moderna (1971).

III. Exigencia a los discípulos con su ejemplo por delante. Apunte de su vida familiar
Los que le trataron en vida destacan su autoexigencia en el trabajo investigador, también de gestión académica e intelectual e investigadora. Valga de muestra el horario de su jornada habitual. En palabras de Noel David (Alfonso García-Gallo de Diego (studylib.es), que nos aporta una fotografía de las cuatro generaciones de García Gallo en medio de una biblioteca de apretados volúmenes. Se reproduce más abajo.
“Debido a la actividad diaria que Don Alfonso realizaba, podemos considerarle una persona especial, dotada de una gran energía y convencimiento en lo que hacía. Iniciaba sus clases por la mañana, combinando las facultades de Derecho e Historia, por la tarde acudía al Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, donde era secretario general, y en donde dirigió, entre 1944 y 1985, el Anuario de Historia del Derecho Español, para muchos, la mejor publicación periódica de historia del derecho en lengua castellana. Por la noche acudía a su casa, donde, tras cenar en familia, continuaba en su despacho con nuevas investigaciones hasta las dos o tres de la madrugada”.
Impartía la docencia personalmente, sin delegaciones (J. Martínez Gijón) lo que derivó en ejemplo a sus discípulos y alumnos. No toleraba medias tintas a sus discípulos. Corregía las tesis doctorales línea a línea, hasta asegurarse que obtendrían el sobresaliente cum laude. Fue un batallador hasta sus últimos días. Tanto Gustavo Villapalos como Beatriz Bernal, señeros discípulos de D. Alfonso, en España y en Méjico respectivamente, recuerdan enjundiosas anécdotas de su relación con el maestro y de su talante, siempre atento y caballeroso, pero sin concesión alguna a la medianía. En ellas se traslucen actitudes vitales que, salvados detalles accidentales acordes con el tiempo que le tocó vivir, encierran ese valor permanente de “apuntar alto” en el trabajo de investigación, sin miedo al sacrificio que costara. Lo que hoy se llamaría cultura del esfuerzo. Él fue por delante: no se conformó con el saber heredado de sus maestros, sino que abrió nuevos caminos en los ámbitos en los que cultivó sus investigaciones, sea el derecho visigodo, el derecho medieval, o el derecho indiano.
Así, Gustavo Villapalos cuenta lo siguiente (“Memoria de un maestro”, por Gustavo Villapalos», de la Universidad Complutense de Madrid. Artículo recogido en Homenaje al Profesor Alfonso García-Gallo, T. I, Historiografía y varia. Madrid, 1996, pp. 11-179):
“El primer libro que me hizo leer fue el Medioevo del Diritto, de Calasso. Ante la tímida observación que le hice de que no sabía italiano, me cortó sin ambages diciéndome: «Si no es usted capaz de leerlo, no vale para este que¬hacer.» Así, diccionario en mano, comencé con Calasso el aprendizaje del italiano.
Recuerdo ahora que al verle leer mi primer trabajo histórico jurídico -una pequeña comunicación para un Congreso- no pude resistirme a preguntarle si me había salido bien. A lo que, con tono socarrón y satisfecho, respondió: «Mire, Gustavo: si le siguen saliendo «tan bien» las cosas nunca realizará nada de provecho.» Hasta en esos detalles, don Alfonso era un modelo de la auténtica pedagogía”.
Y más adelante continúa diciendo:
“Su vida fue siempre ejemplar. No era don Alfonso hombre de cafés, ni de fiestas. Aunque su temperamento era abierto, mantuvo cierta timidez, que se manifestaba en ocasiones con los extraños en un talante adusto y aparentemente un tanto retraído. Él nos confiesa que en las reuniones sociales sólo intervenía en último extremo, y que si alguien estaba dispuesto a hablar, él renunciaba a hacerlo.
Sus clases de la Facultad de Derecho, sus clases de Derecho Indiano, el Instituto, el Anuario, las reuniones científicas, los «Symposia de Historia de la Administración», las reuniones del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano. Ahí empiezan y acaban sus días, concluidos a altas horas de la noche, cuando la luz de su casa permanece encendida, mientras minuciosamente rellena los folios y repasa las extensas notas que acompañan su producción científica, recogida en decenas de millares de fichas.
Esa luz artificial y nocturna sobre las fuentes del Derecho y las hojas de papel en blanco que con todo cuidado va escribiendo, le llenan de una gran energía interior; desvela las sombras, encuentra el sentido de los enigmas que él mismo se plantea. Todo es un haz de preguntas, las respuestas irán cayendo cada noche y, al tiempo, iluminan su rostro y, cuando cada mañana volvía a la Facultad, ante nosotros se presentaba con una cierta sonrisa, que no esconde otra cosa sino la complicidad del sabio investigador con el misterio desvelado”.
Por su parte, Beatriz Bernal relata en “Alfonso García-Gallo. Añoranzas”, en el Homenaje recién citado, pp. 19-26:
“Murió batallando también con la organización de los congresos del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, instituto que él fundó, impulsó y presidió durante casi cuatro décadas, que fue «su niña bonita» y cuyo penúltimo congreso, celebrado en Madrid en 1990, organizó y presidió. Al último, que tuvo lugar en Veracruz, México, el pasado año de 1992, bajo los auspicios del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, don Alfonso, por prescripción médica, no pudo asistir. Preparó, sin embargo, el discurso inaugural que fue leído por Eduardo Martiré, secretario del mencionado Instituto de Derecho Indiano, como preparó, y en este caso también leyó -de un documento que abarcaba casi 300 páginas por lo inmenso de la letra obtenida por su hija María Isabel, quien le sirvió de mecanógrafa e impresora-, el discurso de respuesta a uno de sus discípulos más queridos, José Antonio Escudero, cuando este último fue designado miembro de número de la Real Academia Española de Jurisprudencia y Legislación, en la cual don Alfonso había ingresado treinta años antes”.
Ese “casamiento” con la Historia del Derecho no fue el único ni el más importante en el orden personal de D. Alfonso. Su espíritu magnánimo se muestra también en su vida familiar. Así lo vio Beatriz Bernal:
“Murió, me consta, como lo que siempre fue, como un patriarca a la antigua usanza española, católico y conservador, en compañía de sus diez hijos, seis consanguíneos y cuatro políticos y de sus treintaitantos nietos, quienes, por turno y con acentos, español unos, venezolano otros (los hijos de Alfonsito, su benjamín), leyeron los evangelios en su misa-funeral”.

No sorprende que a una vida tan fecunda y entregada al servicio de la ciencia y de sus cultivadores, a los que se dedicó tantas horas de magisterio, se viera correspondida con honores y agradecimientos múltiples. Especialmente emotivo su nombramiento como Doctor Honoris Causa de la Universidad Complutense. Así lo recuerda Beatriz Bernal:
“… nombramiento que culminó en uno de los actos más solemnes, cálidos y bello que yo haya visto jamás. Y más emocionante. Pues emoción causaba, mucha, sobre todo a quienes fuimos alumnos suyos, ver a aquel anciano, ciego ya y casi sin habla, pero todavía con el rostro terso bajo su inmensa mata de pelo negro, erguirse ante los ojos de 250 rectores togados, provenientes de las más destacadas universidades de Europa y América, cuando recibía de mano del rector la medalla, el anillo y el birrete azul; atributos todos estos de los doctores en Filosofía y Letras”.
Su memoria perdura en sus libros, discípulos y alumnos. Un gran acervo cultural y científico que se relee con provecho y gratitud.
