GABRIEL PEREZ GOMEZ, Álvaro D´Ors: sinfonia de una vida, RIALP, Ciempozuelos (Madrid), 2020, 700 páginas.

Álvaro d’Ors y Pérez-Peix (Barcelona, 14 de abril de 1915-Pamplona, 1 de febrero de 2004), tercer hijo Eugenio d’Ors (Xenius) y heredero del carácter humanista de su padre, fue catedrático de Derecho Romano en Granada (1943-1945), Santiago de Compostela (1945-1961) y Pamplona (1961-1985), continuando como profesor emérito y luego honorario hasta 2004, año de su fallecimiento. Además de insigne romanista de fama internacional, fue un experto en Epigrafía y Papirología, Filología Clásica, Historia Antigua, Derecho Canónico y Teología Política.

De la extensa biografía escrita por Gabriel Pérez Gómez basada en variadas fuentes documentales: escritos autobiográficos, un extenso epistolario, testimonios, etc., entresacamos algunos episodios relacionados con su actividad investigadora y docente que reflejan hondamente la rica personalidad humana y científica de D´Ors, su tenacidad, sus desahogos epistolares sobre la utilidad real de sus esfuerzos, la perseverancia en la labor comenzada superando aparentes desánimos momentáneos, la humildad intelectual, etc. Los que han tenido la suerte de asistir a sus clases y seminarios guardan un recuerdo imborrable de su sabiduría y modos de exposición, y de la alta exigencia que imprimía a sus alumnos. La biografía del periodista Pérez Gómez, escrita con buen estilo y amenidad, dibuja muy claramente la poliédrica personalidad del profesor D´Ors.

Destacaremos de ella, incluso con sus mismas palabras, las circunstancias que rodearon la actividad de Álvaro D´Ors para sacar adelante tres de sus obras más reconocidas: la investigación sobre el Código de Eurico, el Manual de Derecho Privado Romano y la traducción del latín al castellano del Digesto de Justiniano.

El Código de Eurico

Sobre el Código de Eurico (475 de C.) D´Ors empezó la investigación a finales de 1953, utilizando para ello el Palimsesto de París. Algo más de seis años después (1960) sale a la luz la publicación. Descifrar el Palimsesto, buceando por debajo de un texto escrito superpuesto al que te interesa y que nada tiene que ver con él, se antoja una tarea titánica. Y en verdad que lo fue. D. Álvaro se dejó en ella las pestañas y perdió agudeza visual, aunque no hasta el punto del bulo que se corrió de que se había quedado casi ciego. Tras una estancia inicial en París para hacer una lectura del original se trajo el instrumental de trabajo: fotografías convencionales, fotografías con película infrarroja, con iluminación rasante, lentes de aumento, y sobre todo muchas horas de paciencia para encontrar mínimos trazos que permitieran reconocer una letra y dieran sentido a una palabra.

Nos da idea de la envergadura de la tarea, lo que escribió a su amigo Rafael Gibert, catedrático de Historia del Derecho, el 27 de diciembre de 1953, a propósito de las dudas que surgían por las palabras ocultas del Palimsesto: “es terrible luchar con esas letras tan borrosas, tapadas por otras insultantemente bien conservadas que las ocultan cuando no las confunden. Mis ojos se cansan y no puedo continuar mucho en el forcejeo”.

La imagen del buceo es del propio D´Ors. Escribía con humor el 28 de junio de 1958 a Rafael Gibert que ese trabajo se parecía a la pesca submarina puesto que, “con la lupa en mano, mis ojos se sumergen en el fondo confuso de la foto infrarroja: entre las algas de la escritura merovingia, rastreando las sombras de las unciales; aparecen a veces, para luego confundirse con el fondo; los mismos rasgos se me presentan a veces de una forma y otras de otras. Luego, fatigado, levanto la cabeza, cierro los ojos, y los fantasmas de la S o de la A entrevistas me bailan en el fondo de ojo. Es un tormento… Alguna pesca sale, aparte de la que ya salió antes o en París, pero… ¿Vale la pena? Yo también tengo momentos en que necesitaría al amigo como un salvavidas”. Y en otra de 23 de abril de 1959 al mismo destinatario: “… “Tengo tanto que pulir, que coordinar, que reenviar, que acoplar…Es un trabajo que supera mis fuerzas, pero ahora tengo que tirar “pa-alante…”

Fue el suyo un trabajo innovador como se desprende de este ejemplo en el que pudo descubrir una conclusión que difería de la expuesta por los grandes investigadores europeos de ese texto: “yo mismo he medido en el Palimpsesto de París el espacio en blanco y he comprobado que caben siete letras y no ocho, y de ahí que deba leerse pretium y no negotium, con lo que cambia totalmente el sentido del texto del Código de Eurico”. Según D´Ors «el último resultado de los estudios recogidos en el presente volumen (la primera edición del Código) puede ser éste: que el Código de Eurico es fundamentalmente una fuente de derecho romano vulgar», apartándose de ese modo de la idea de una predominante influencia germánica.

A propósito de su capacidad visual escribió en sus memorias personales: “debes aceptar esa presbicia con mucha paciencia, renunciando a tener a la vista muchos libros y papeles a la vez, y programando un ritmo más lento para tu trabajo”. Curiosamente coincidió el ponerse gafas con la decisión de dejar de fumar. Como anécdota, una amiga alemana, Anima Schmitt, tras la publicación del Código de Eurico le regaló un oso de trapo, con una inscripción en el collar: “Eurico”. El oso se integró en la decoración del despacho de don Álvaro hasta que pasado el tiempo y una epidemia de polvillo de polilla acabaron con él. Visto su estado cada vez más lamentable su dueño terminó por incinerarlo una mañana de octubre de 1964 dedicándole antes un epitafio en latín que terminaba: “Nihil sane tibi sumus”. Enterada de la situación Anima Schmitt le envió otro osito con una nueva placa adherida en una cinta del cuello y con el nombre del rey visigodo sucesor: “Alarico II”.

El manual de Derecho Privado Romano

El Manual de Derecho Privado Romano surgió tras quince años de experiencia docente e investigadora. D´Ors se decidió hacer su propio libro de texto a fin de que los alumnos pudieran seguir las explicaciones de clase con más facilidad pero, como veremos, sin merma de la exigencia. El manual se publicaría primeramente con el título de Elementos de Derecho Privado Romano, en 1960, un libro al que el autor iba a encontrar muchos defectos, pero no así otros autores (como el romanista Hans Julius Wolf, el civilista Sancho Rebullida o Pablo Fuenteseca, quien, pese a algunas discrepancias, hizo una recensión elogiosa de la obra en el Anuario de Historia del Derecho). En tal sentido su humildad intelectual le llevó a escribir: “me llega el primer ejemplar de “Elementos”. Cada mirada descubre una deficiencia, siempre de mi culpa. No sé hacer libros, y me empeño en lo que está por encima de mis fuerzas. ¿Cuándo aprenderé?”

Pocos años más tarde, ya agotada la primera edición, se decidió a preparar no unos “elementos”, sino un Manual de Derecho Privado Romano. Un manual como instrumento de la docencia y sobre todo para el estudio de los alumnos. Un manual todo menos facilón. Responde a la intención del autor según la cual, como dice en el prólogo, “el saber que siempre he deseado procurar a mis alumnos es un saber de intimación, y un libro que sólo busca la facilidad parece el menos recomendable para ese propósito. Un libro “fácil” no penetra en el ánimo y no estimula para hacerse preguntas: puede poner algo a disposición del estudiante, para devolverlo en un examen, pero no le forma, pues la formación intelectual consiste principalmente en aprender a proponerse preguntas. Sigo, pues, en el convencimiento de que la claridad no debe ser buscada por la vía de la facilidad (…) una orientación, ésta, que quizá pueda parecer menos popular, pero que proviene de un profundo respeto por la inteligencia y dignidad personal de unos alumnos que no se dejan confundir en masa anónima”.
El libro conoció diez ediciones.

En más de una ocasión algunos discípulos de don Álvaro acudieron a su maestro para darle cuenta de que otros colegas de su misma escuela habían editado su propio manual copiando casi literalmente párrafos enteros del derecho privado Romano. La reacción del profesor D´Ors fue siempre la misma, sin enfadarse. En carta a Jesús Burillo desde Benicasim el 1 de agosto de 1975, escribió: “así, no se ve mi obra tan sola… Por lo demás, es lo más frecuente que los libros de texto dependan de otros y formen una tradición… Unos siguen a Voci, otros a Kunkel, otros pueden seguir mi DPR. ¿Voy a preferir acaso los  que no me siguen?… si se nota más que siguen mi DPR es porque este es más singular. Perdóneme, pues, si prefiero este libro que tiene aire de familia a otros extraños”.

 

La opera magna de la traducción del Digesto de Justiniano

La traducción del Digesto es punto y aparte en su trabajo intelectual. Álvaro D´Ors dominaba el latín y desde muy joven había mostrado afición por traducir obras clásicas latinas y griegas, acercándose así a Cicerón, Barrón, Séneca y otros autores romanos. Pero hay un momento en el que don Álvaro decidió acometer una labor especialmente compleja por el volumen de texto a traducir: el Digesto de Justiniano, compuesto por 50 libros. El emperador bizantino Justiniano, 527-565, para evitar la dispersión jurídica existente hasta el momento, quiso reunir en una única obra todo el derecho aplicable. Así surgió el Corpus Iuris. La parte más importante la encargó a Triboniano, su cuestor palatino, que, junto con otros 16 jurisconsultos, debía seleccionar, entresacándolo de las obras de los juristas anteriores, todo lo que constituía derecho aplicable en aquel momento. El resultado fue el Digesto o Pandectas.

Para esta tarea tan ambiciosa, don Álvaro buscó la colaboración de otros profesores de derecho romano, partiendo de la edición de Theodor Mommsen, jurista alemán (1817-1903) que había trabajado con la copia más completa de las que se conservan, de finales del siglo sexto o principios del siglo séptimo, conocida como Littera Pisana o Florentina.

La maquinaria del equipo, con don Álvaro a la cabeza, se puso en marcha, pero poco tiempo después todos los colaboradores constataron que la tarea les resultaba insuperable, se necesitaban cientos de horas de cada uno de ellos por lo que poco a poco se fueron desanimando. A pesar de las dificultades, en 1968 se editaba en Aranzadi el primero de los tomos, firmado por los cinco autores que inicialmente habían emprendido el trabajo. Don Álvaro no buscó nuevos colaboradores con los que seguir adelante, sino que él mismo se cargó a su espalda la totalidad del trabajo. Cuatro años más tarde vería la luz el segundo de los tomos traducido íntegramente por él, y en 1975 el tercero elaborado igualmente en solitario, ambos igualmente en Aranzadi. Aprovechando para el trabajo cualquier circunstancia, el empujón final de ese tercero y último tomo pudo dárselo en el verano de 1974 en la terraza de un apartamento frente al mar de Benicàssim (Castellón) donde pasaba el verano. Enseguida contaremos la historia de su estancia en esta localidad levantina. Aunque los dos últimos tomos fueron de elaboración personal suya, quiso que siguieran figurando como coautores las otras cuatro personas que aparecían en el primer volumen.

También en esta obra titánica se preguntaba por la utilidad de su trabajo, por quién iba a ser el receptor de semejante esfuerzo. En carta a Rafael Gibert, en Carballedo, el 2 de agosto de 1970, decía: “realmente, la lectura del Digesto es impresionante, pero ¿quién lo leerá? En carta de 16 de enero de 1967 decía a su amigo Gibert: “agoto todas mis mejores horas en la revisión de la traducción del Digesto, pero me bullen las ganas de ponerme al Derecho Privado Romano”. El esfuerzo no fue en vano. Aparte de la publicación don Álvaro comentó frecuentemente (testimonio de Rafael Domingo) que con las cinco lecturas que hubo de hacer del Digesto para traducirlo o revisar lo traducido, adquirió una formación romanística que no hubiera conseguido de ninguna otra forma.

Vale la pena recordar las circunstancias familiares que rodearon ese último empujón que dio Álvaro D´Ors a la traducción del Digesto en una amplia terraza de los apartamentos “La Noria” de Benicàssim, en primera línea de playa. La familia siempre había veraneado en Carballedo, en la casa que les legó un tío de su esposa, Palmira Lois. Allí la familia D´Ors descansaba y él aprovechaba para avanzar en sus proyectos de investigación. ¿Por qué Benicàssim -en la costa mediterránea próximo a Castellón- en los veranos de 1974 y 1975? La razón de ese cambio temporal no deja de ser sorprendente. Cuenta su biógrafo que el traslado de Galicia a la costa levantina se debió que la situación en la casa familiar de Carballedo se había hecho insoportable debido a la presencia de un enfermo mental, hijo de la casera, que había emigrado a Argentina y allí se le desencadenó la dolencia. Fue internado en el manicomio de Conjo, en Santiago, hasta que se benefició de la nueva política sanitaria en materia de salud mental que con carácter general se puso en marcha en España por aquellas fechas. Conjo abrió sus puertas a los internos para que se “resocializara” a cargo de sus familias. El caso es que la tomó con la propia madre a la que hurtaba dinero y llegó a golpearla, y con la familia D´Ors-Lois merodeando por la finca, con sustos y amenazas. Se le veía subido a la copa alta y espesa de un árbol próximo a la casa para controlar los movimientos de sus moradores. Ni la Guardia Civil pudo pararle. Enterados de esta situación Emilio Valiño (discípulo suyo y Catedrático de Derecho Romano en Valencia) y su mujer Isabel Arcos, propusieron al maestro acudir al mismo lugar de veraneo que ellos venían disfrutando desde tiempo atrás, en las villas de Benicasim. Así por dos años consecutivos (1974 y 1975) la familia D´Ors-Lois veraneó en esta localidad mediterránea mientras se arreglan los problemas derivados de la presencia del agresivo enfermo mental.

En estos dos veranos don Álvaro aprovechaba las primeras horas de la mañana para llevar a su hija Isabel (“Beliña”) a la playa porque, apenas sin bañistas todavía ella podía pasear más tranquila. Y es que Beliña, nacida en 1958, octava de once hermanos, padecía una discapacidad psíquica profunda y residía en un centro especializado salvo los veranos que los pasaba en familia. Terminado el paseo, D. Álvaro, en pantalón corto y con un gorro blanco para evitar el sol, se instalaba en una mesa plegable en la amplia terraza frente al mar para trabajar y terminar la traducción del Digesto.