JAVIER DELGADO BARRIO, UN JUEZ BUENO Y SABIO

Con motivo del reciente fallecimiento de Javier Delgado Barrio, ex magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo, y del Tribunal Constitucional, se han publicado recuerdos y semblanzas de su persona, muy adornada por las virtudes de la sencillez y amabilidad, y por una sabiduría profesional en grado eminente. Sus sentencias se distinguían por su claridad, excelente construcción gramatical y un estilo muy atractivo, incluso ameno. Con párrafos verdaderamente magistrales como el que se inicia con la frase “genio expansivo del Estado de Derecho”, a propósito del control judicial de las potestades discrecionales de la Administración.

Reproducimos a continuación la necrológica publicada en el Diario El País de 27 de septiembre de 2026 firmada por letrados que le trataron y trabajaron junto a él en la época en que fue magistrado del Tribunal Constitucional.

“Las virtudes del juez, en homenaje a Javier Delgado Barrio»

El ex presidente del Tribunal Supremo y ex magistrado del Constitucional, fallecido el viernes, concedió tanta importancia al Derecho como a la sensibilidad con la que interpretarlo.

Hace sesenta y seis años que Javier Delgado Barrio ingresó en la carrera judicial y, casi inmediatamente, en el que fuera su segundo destino como juez de Estepona, tomó una decisión sobre la que habría de reflexionar largamente con posterioridad: una mujer humilde quiso regalarle unos huevos para mostrarle su agradecimiento por el trato que había dispensado a su hijo, detenido la noche anterior, y ese joven juez de pueblo, sin duda con la intención de salvaguardar la apariencia de imparcialidad, declinó el ofrecimiento. Rápidamente constató que las buenas intenciones con frecuencia conducen al error y que, en aquella ocasión, él se había equivocado. Décadas después seguía relatando lo sucedido con aquella madre para que los demás escarmentáramos con su propio ejemplo.
Quienes firmamos estas líneas tuvimos la suerte de ser sus colaboradores durante su desempeño como Magistrado del Tribunal Constitucional, y allí pudimos apreciar lo que esa anécdota ilustra de un modo tan expresivo: Javier Delgado reunía las virtudes propias de un buen juez, que en su caso eran —como necesariamente ha de ser— reflejo de sus propias virtudes morales. Falleció el viernes en Madrid con 93 años.

La primera obligación de un juez —y aun de cualquier jurista— es mantener un firme compromiso con el Derecho, que es el producto de unos acuerdos institucionalizados cuya administración le ha sido temporalmente encomendada. No es infrecuente el caso de quienes creen que el Derecho constituye un instrumento con el que avanzar un proyecto personal de cualquier orden. Frente a ellos, Javier tuvo siempre presente que el espacio que las normas inevitablemente ofrecen a la interpretación debe ocuparse con prudencia y, sobre todo, con lealtad. El Derecho, y singularmente la Constitución, no es un lienzo en blanco sobre el que el juez pueda proyectar sus preferencias, sino un delicado dispositivo al servicio de sus propios fines.

La inteligencia —en su caso, la muy aguda inteligencia— es otra cualidad sin la que resulta imposible ser un buen juez. Armado con ella se enfrentaba por las mañanas a la comprensión de cada nuevo expediente, a las alegaciones formuladas por las partes —de las de Jesús García Torres, Abogado del Estado con quien coincidió en la Audiencia Territorial de Burgos, decía siempre que eran las mejores— y a las normas que integran un ordenamiento cada vez más complejo y fragmentado, en el que él siempre supo navegar con soltura y pericia, echando mano, cuando hacía falta, de la cartografía que ofrecen los principios generales del Derecho, que a él le resultaban tan caros. Por las tardes destilaba el resultado de su estudio y reflexión redactando sentencias en las que la argumentación jurídica era sencilla, directa y afilada. Su pluma sigue siendo perfectamente reconocible en las bases de datos y su estilo ha sido asumido como propio por algunos de los mejores jueces en activo.

Javier aún recitaba de memoria los apuntes de las clases de Javier Conde a las que asistió en la vieja Facultad de San Bernardo, en Madrid, así como la definición del funcionario de hecho en Ulpiano —“Barbario Filippo, siendo esclavo fugitivo, solicitó en Roma la pretura y fue designado pretor…”—, aprendida durante sus duras oposiciones a magistrado especialista, pero también sabía que tan importante, al menos, como un profundo conocimiento del Derecho es tener la sensibilidad necesaria para comprender lo que está en juego en los asuntos sobre los que un juez debe decidir, así como la disposición a desplegar esa sensibilidad en todos los casos a los que uno se enfrenta. Cada nuevo asunto es una nueva responsabilidad que no puede asumirse a la ligera. Él, desde luego, la asumía plenamente, con un criterio jurídico propio y sólidamente formado, que le permitía valorar los argumentos que se le ofrecían sin apartarse de aquello que, después de ponderarlos, considera jurídicamente correcto, tal y como ilustra lo que en una ocasión respondió a uno de nosotros —particularmente entusiasmado al explicarle su opinión acerca de las posibilidades y los límites de la ponderación de principios— a fin de resolver una discusión que amenazaba con ser ya demasiado larga: «Así me gustan los letrados, que me digan lo que piensan y que hagan lo que yo diga».

Finalmente, la aversión al sectarismo debe adornar a cualquier juez, pero acaso resulte especialmente necesaria en los Magistrados del Tribunal Constitucional, por cuanto —debido a la apertura e indeterminación estructural de las normas que están llamados a interpretar— el margen para la incorporación de criterios procedentes de otros órdenes es particularmente amplio. Javier era una persona políticamente conservadora y de muy profundas creencias religiosas. Sin embargo, ello no le impidió conducirse en todo momento sin dogmatismos, mostrar una franca apertura a las opiniones de otros Magistrados y del conjunto de los Letrados del Tribunal Constitucional, y rodearse de colaboradores tan diferentes y heterogéneos, desde esas y otras perspectivas, como lo somos nosotros mismos. Fuimos muy afortunados”.

Firmado por Margarita Beladíez, José María Rodríguez de Santiago, Carlos Ortega, Luis Arroyo, Germán Valencia y Silvia del Saz que fueron Letrados del Tribunal Constitucional adscritos al Magistrado Javier Delgado Barrio.